Juan Carlos Garcia de los Reyes


La Ciudad Comprometida

Blog de Juan Carlos García de los Reyes
 


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Lo que sienten mis pensamientos

Martes, 11 Junio 2019 06:11

LO QUE NO SE VE...

Escrito por

“Si descubres que el camino te abre los ojos a lo que no se ve

Si lo que más te preocupa es llegar con los demás

Si contemplas el camino y lo descubres lleno de nombres y de amaneceres

Si tu mochila se va vaciando de cosas y tu corazón se va llenando de silencio y de vida

Si en el camino te encuentras contigo mismo y sabes parar, mirar, escuchar y cuidar tu corazón”

Bienaventurado eres, peregrino.

     Estracto de una oración. Camino de Santiago. Zabaldika, Navarra. Junio 2019

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Ahora que el frío vuelve a arreciar, es un momento muy propicio (como cualquier otro, claro) para refugiarse en “el calor del hogar”, ese que no entiende de chimeneas, de leña o de radiadores y si de compañía, de afectos y de recuerdos. Sobre todo, de recuerdos, sí. De esos que sientes que viviste con alguna de esas personas maravillosas que siempre tendrán un hueco en lo más profundo de tu ser. Esos seres que siempre te acompañan porque en realidad nunca se fueron del todo.

Y uno de esos recuerdos tiene que ver con el Jueves Santo, porque a mi madre, que nunca tenía descanso a la hora de sembrar armonía entre toda la familia, le encantaba recordarnos que era el “día del amor fraterno” … y de entre las muchas maneras que tenía para hacernos sentir ese “calorcito”, hoy os voy a hablar de las famosas “natillas de la abuela Maricarmen” …

Y es que con la llegada de la Semana Santa mi madre sacaba de la alhacena el perol de cobre y se afanaba en cocinarlas para todos nosotros… diez hijos, que con las nueras, yernos y nietos éramos en realidad todo un destacamento deseoso de comerlas como cada año. Pero no solo para su familia más directa, ya que nunca faltaron para la tía Carmela, para el Tío Pepeluis y las tías Encarnita, Mariateresa y Sole, para Mariluz (la del Spar San José), la vecina Encarnita, los consuegros, los Hermanos Fosores del Cementerio, el Sr. Obispo…

Yo siempre quise conservar aquel perol de cobre, como lo más preciado de mis pertenencias, porque sabía bien que era mucho más que un vistoso utensilio de cocina, al evocar como ningún otro a una persona tan sencilla, generosa, valiente y alegre como era mi madre. La Abuela Maricarmen, como la llamábamos todos.

Y como ya llevábamos dos años sin ese maravilloso ritual culinario y fraternal, a la cosa había que ponerle remedio… Así que, con la ayuda de mi hermana Maite (que encarna maravillosamente las virtudes de “la abuela”) hoy nos hemos puesto manos a la obra: Hemos rescatado la receta, desempolvado el perol y, con mucha paciencia y con la alegría que flotaba en el ambiente de su cocina, hemos pasado una mañana de lo lindo:

  • Han sido 36 huevos, cinco litros de leche, 90 gramos de almidón de maíz, la cáscara de una hermosa naranja, unos palos de canela, 900 gramos de azúcar…
  • Primero hemos separado las claras de los huevos para batirlas a punto de nieve, espolvorearlas en ese momento con un poquito de azúcar y cocerlas a cucharadas, y por ambas caras, en leche muy caliente… y las fuimos depositando en sus fuentes respectivas (una para cada hermano).
  • Y aparte, hemos batido las yemas con un poco de leche; diluido el azúcar en leche también; integrado el almidón y pasado todo ello por un colador hacia el perol de cobre, tan brillante.
  • Y ya, con mucha paciencia, a cocer las natillas a fuego medio removiendo constantemente con una cuchara de palo y siempre en la misma dirección… hasta que ya tomaron cuerpo y espesaron.
  • Y, por último, las fuimos depositando en cada una de las fuentes, sobre las claras de huevo cocidas, con unas sonrisas y un gozo digno de las grandes ocasiones…

Han salido ricas… muy ricas, más bien. Ha sido además una bella mañana en la que alguien volaba entre nosotros supervisando la faena y feliz de que hayamos tomado el testigo… Porque al hacer las natillas de la abuela Maricarmen, también la estábamos recordando a ella (y al abuelo) y también escuchábamos, como cada año, aunque esta vez en el corazón, que no hay mejor tesoro que tener muchos hermanos… o lo que es lo mismo, que nos prodiguemos en mimar a la familia y a las personas queridas, y decirles, aunque sea con un cuenco de natillas, lo importantes que son para nosotros…

Y lo he decidido, como yo soy el depositario del perol de cobre, cada año haré las natillas de la abuela en la casa de uno de los hermanos… (Y creo que el año que viene visitaré por estas fechas la casa de Rafa y mi cuñada Paqui).

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Martes, 02 Abril 2019 07:30

CUANDO SUMANDO MULTIPLICAS…

Escrito por

equipo de gr

Si te tapas un ojo con la mano, tu visión se vuelve plana y pierdes la perspectiva de lo que discurre a tu alrededor… y bastará que, unos segundos después, liberes a tu mirar para recuperar el contacto con el volumen, la profundidad y la espacialidad. ¿Imaginas entonces qué nuevos matices podrías incorporar a tu visión si tuvieses un tercer, cuarto o centenar de miradas superpuestas? Pues algo así ocurre con el conocimiento de las cosas, con el trabajo compartido, cuando perseguimos los sueños de muchos, o con la toma de decisiones en común…

Porque las miradas colectivas siempre son más ricas, aportan más matices, alejan de las obsesiones y resisten mucho mejor el paso del tiempo… Y al igual que a tu simple mirada le bastó un segundo punto de vista para llenarse de matices, la superposición de visiones siempre va a enriquecer y llenar de matices cualquier decisión, conocimiento o encrucijada con la que te enfrentes en tu día a día…  

Por tanto… ¿Alguien duda a estas alturas de la vida que la sabiduría tiene mucho más que ver con sumar los conocimientos de muchos que con la brillantez de uno solo? ¿O que las decisiones colectivas, debidamente trabajadas, siempre son más ricas, sensibles, certeras y oportunas?  No solo eso, sino que la propia esencia de la humanidad descansa precisamente en la trasmisión de saberes, experiencias y logros que generación tras generación fueron sumando, en una especia de espiral infinita en la que “todo lo que es, es por lo que ha sido…” En la que no podríamos entender quiénes somos si ignorásemos a los que nos antecedieron y sus logros colectivos… desde que el mundo es mundo. Como tampoco podríamos desentendernos de nuestra responsabilidad para legar a las generaciones futuras no ya simplemente un buen lugar en el que vivir… sino también una sociedad más sabia, más sensible y más justa…

Pero, como dicen en mi pueblo, el camino se hace andando, y dependerá de cada uno de nosotros que, con nuestra mejor actitud, en nuestro día a día, en nuestro circulo próximo, en nuestra ciudad o en nuestro país, podamos aportar unas actitudes que propicien diálogos, intercambios, consensos, proyectos colectivos, prosperidad, justicia social, y miradas amplias...

Y yo eso lo veo con absoluta nitidez en mi labor como urbanista y planificador, ya que, como tantas veces he contado y cuento en todos los lugares a los que la vida me lleva, los planes de futuro deben ser concebidos “como una tarea colectiva (de la sociedad, de sus dirigentes y lógicamente de los especialistas). Porque sólo a través de la participación de los ciudadanos y de las instituciones se podrá garantizar la idoneidad de las soluciones técnicas que hayan sido propuestas. O lo que viene a ser lo mismo: que los planes sean viables y que estén al servicio de la sociedad y no al contrario…

Y, anda que te andas el camino, debo confesaros (en un secreto a voces, porque no pierdo la oportunidad de decirlo, incluso de gritarlo al viento) que yo, haciendo de la necesidad virtud, ya no sabría caminar sin el apoyo de mi equipo. Con el que sueño, con el que comparto, con el que ideo, con el que cocino esos proyectos comprometidos que necesita la colectividad. Y por eso, con ese afán de superponer conocimientos, especialidades, sensibilidades y miradas compartidas es mucho más sencillo que los resultados puedan concretarse más tarde en logros colectivos… no ya nuestros, sino de la sociedad a los que van dirigidos…

Así que hoy, por si aún no lo habíais captado, queridos amigos de La Ciudad Comprometida, mi brindis, mi agradecimiento y mi alegría va por ese equipo de personas maravillosas que me acompañan día a día en mi quehacer profesional…  

Kika, Mónica, Natalia, Alejandro, Juan Carlos, Noelia, Elena, Isabel, Alberto, María, Santiago, Darío... ¡Va por todos vosotros!

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